HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORANEA
TRABAJOS DE INVESTIGACION MARCO HIST�RICO, POL�TICO Y MILITAR DE POLONIA
Por Elvin Marcos Ala�n
Fragmento de la tesis: "Verdad del hombre seg�n el pensamiento de Karol Wojtyla"

"El hombre visto desde el V�stula." Es el t�tulo de un libro escrito por un amigo y colaborador �ntimo de Wojtyla (Stanislaw Grygiel) en los tiempos en que era profesor de la Universidad de Cracovia. Nos parece que, a pesar de que el t�-tulo no suena muy simp�tico, tiene sin embargo, un profundo significado e inter�s particular para nuestro estudio. El hombre visto desde el V�stula adquiere una con-figuraci�n dual. En efecto, no se mira al hombre con los mismos ojos en el ex-tremo occidental de Europa que en la tierra que se extiende en torno al curso del V�stula, en la gran llanura limitada por el Oder, el Mar B�ltico y los Montes Trata, y que li-mita, al este, con las rep�blicas b�lticas, con la Rusia Blanca y con Ucrania. Polonia pertenece al occidente de Europa. Su existencia ha sido siempre conflic-tiva, se le ha negado su derecho a la independencia nacional, se le ha cuestionado la extensi�n de su territorio y ha sido subestimada su cultura. Desde un cierto punto de vista, su emplazamiento geogr�fico, ha sido el factor disgregador, centr�fugo que ha sido causa de la agresiva codicia de sus vecinos, y al mismo tiempo se le ha lle-vado a desempe�ar el papel de escudo de Europa, al estar situada en la entrada del continente, lugar de paso obligado en las penetraciones de los pueblos asi�ticos. Todo ello hace de Polonia una naci�n desdichada que obliga a cada generaci�n de polacos a mantenerse en guardia contra cualquier agresi�n procedente de sus pode-ro-sos vecinos y les confiere la necesidad de replantear permanentemente la asunci�n de la autoafirmaci�n nacional.

A comienzos del siglo XIX, una vez derrotado Napole�n, los pa�ses eu-ropeos se reunieron en el llamado Congreso de Viena (1815), en el que Reyes y ministros de las naciones vencedoras proclamaron la legitimidad del orden existente en 1789 y restauraron en sus tronos a los monarcas que la Revoluci�n Francesa y Napol�on hab�an derrocado: los Borbones (en Francia, Espa�a y N�poles), los Habsburgos (en los estados italianos), el rey de Portugal y el papa P�o VII en los Estados Pontificios. All� se nego-ci� tambi�n la situaci�n en que hab�a quedado Polonia, la cual desde hac�a a�os hab�a sido cuarteada -1772 primer reparto, 1793 segundo re-parto y 1795 tercer reparto- y distribuida entre otras naciones. Asisti� por tanto a un nuevo reparto. En esta ocasi�n el suelo polaco qued� dividido en cuatro partes: el denominado "Reino de Polonia", que formaba parte del imperio ruso; el "Ducado de Posen," integrado a Prusia (1818); los reinos de Galitzia y Lodomeria pertene-cientes a Austria y la peque�a rep�blica de Cracovia, formalmente independiente pero subordinada a los tres pa�ses anteriores.

Pero los polacos siempre han luchado por su identidad: en 1830 estall� la pri-mera insurrecci�n en el territorio anexado a Rusia. El zar Alejandro I, que mos-traba simpat�a hacia Polonia, quiso intervenir en la pol�tica inte-rior francesa y desti-tuir a Luis Felipe de Orleans, para ello utiliz� al ej�r-cito polaco, pero �ste, en lugar de dirigirse hacia Par�s, se sublev� preten-diendo conseguir la independencia nacio-nal. Mucho esfuerzo le cost� a los rusos, al momento el ej�rcito m�s potente de la �poca, aplastar esta suble-vaci�n. El ejemplo de la revoluci�n parisiana de aquel mismo a�o donde los liberales derrocaron a Carlos X y a los absolutistas Borbones de Francia; el levantamiento de los belgas (cat�licos y liberales) contra la domina-ci�n holandesa, obteniendo su independencia; los portugueses quie-nes instau-raron en el poder a Pedro I de Brasil y los liberales espa�oles que apoyaron a Isabel frente a las pretensiones de Carlos, espole�, por as� de-cir, los �nimos nacionalistas de los polacos. Finalmente, estos �nimos fue-ron sofocados tanto en Italia como en Polonia cuyas sublevaciones liberales fueron aplastadas por gesti�n de Metternich e inter-venci�n armada de la Santa Alianza.

Con esta derrota vino la emigraci�n. Miles y miles de polacos abando-naban su patria ante la amenaza de la represi�n. Este movimiento migra-torio fue conocido con el nombre de "La Gran Migraci�n." La mayor�a de los exiliados eran miem-bros del ej�rcito y pol�ticos, y entre ellos hab�a tambi�n un numeroso contingente de artistas y escritores como Chopin y Mickiewicz.

En previsi�n de nuevas revueltas y para acabar de una vez por todas con los anhelos independentistas polacos, el gobierno zarista se propuso rusificar, por tanto despolonizar, el territorio polaco que se hallaba some-tido a su poder. (cf. Cambridge University T. IX, p. 6,453,455, 118; con-cordato con la Iglesia, 1818; 116--).

Los exiliados organizaron la resistencia desde los pa�ses extranjeros, principal-mente Francia, y se agruparon en torno a dos planteamientos pol�-ticos distintos, por un lado los arist�cratas, conservadores y mon�rquicos, y por otro lado los dem�-cra-tas para quienes el problema nacional iba unido a las cuestiones de tipo social.

En 1846 una nueva insurrecci�n se produjo en suelo polaco, esta vez en el "Ducado de Posen." Durante dos a�os los polacos resistieron el empuje del ej�rcito prusiano y el austr�aco, pues los territorios sometidos a Austria secundaron la re-vuelta.

El aplastamiento del ej�rcito y del pueblo polaco fue seguido, de nuevo, por una sangrienta represi�n. En Galitzia se realizaron enormes matanzas populares. Como consecuencia de este segundo intento independentista fa-llido, la rep�blica de Cracovia fue anexionada al territorio polaco domi-nado por Austria, perdiendo as� su pseudo independencia. (Cf. Cambridge University T. IX, 280).

La tercera y �ltima insurrecci�n polaca del siglo XIX ocurri� en 1863 en los territorios del imperio ruso. Nuevamente sofocada la revuelta, la pretendida rusifi-caci�n acompa�� a la ya habitual represi�n. Se cerraron las escasas universidades as� como multitud de escuelas p�blicas, en las que quedaba prohibido el idioma po-laco, pasando el ruso a ser la lengua oficial.

La rusificaci�n atac� tambi�n a la Iglesia cat�lica, imponi�ndose como religi�n oficial la practicada en Rusia. Por ello la religi�n cat�lica era pro-fundamente inte-riorizada a lo largo de las generaciones, en medio de pro-hibiciones.

Aprovechamos aqu� la ocasi�n para destacar que la religi�n cat�lica fue el ele-mento cultural que m�s cohesi�n e integraci�n proporcionaba a la convivencia na-cional polaca de entonces. En parang�n con las otras Iglesias locales antinaciona-lis-tas, jer�rquicas e inquisicionarias, la polaca se caracterizaba por ser amplia, tole-rante, "asylum haereticorum" (refugio de disidentes) como se la conoc�a desde el s. XVI.

Tambi�n se�alamos que esta Iglesia eligi�, desde el nacimiento de su identidad nacional, el catolicismo romano, que implicaba el asumir la liturgia de rito la-tino; elecci�n que le ha costado a Polonia muchos sinsabores, pero de la que nunca ha dudado, mas, nunca ha renegado, sino asimilado hasta el punto de ser considerada como la personalidad y fundamento en el que se sustenta la nacionalidad polaca.

Pero, si es por elecci�n de rito occidental, tiene, sin embargo, por limi-tar con el Oriente, la pertenencia �tnica y ling��stica al trono eslavo; y precisamente por esto, est� en disposici�n de hablar el lenguaje de los dos mundos. Igualmente, esta misma situaci�n ha permitido, de esta naci�n, una actitud m�s universal, cat�lica y amplia a trav�s de la historia.

Despu�s que la rusificaci�n intent� minar la m�dula espinal de la Iglesia en Polonia, los territorios polacos sometidos a la f�rula de Prusia iniciaron un movi-miento cultural que recibi� el nombre de "Kuturkampf" (lucha por la cultura), aunque en la Polonia austr�aca se toler� la lengua polaca en las escuelas y se reabrie-ron incluso universidades, -la de Cracovia en 1870 y la de Lwow en 1873 desde donde se dio un fuerte impulso a la cultura idiosincr�sica polaca-. As� mismo, en el exilio se realiz� una pu-jante labor cultural abri�ndose bibliotecas y academias su-periores polacas.

As� nos encontramos que hasta 1914 la situaci�n del pueblo polaco si-gui� relativamente inal-terable. Pero la Primera Guerra Mundial trastorn� la situaci�n de la mayor�a de los pa�ses europeos, trastoc�ndose el mapa pol�tico. Unas naciones perdieron buena parte de su territorio y otras recuperaron su in-dependencia nacional, caso de Polonia y Checoslovaquia, para perderla de nuevo en 1939 y hallarse desde 1945 bajo el vasallaje m�s o menos sola-pado de la Rusia sovi�tica.

El drama del pueblo polaco sigue desarroll�ndose pat�ticamente en la actuali-dad, la lucha por conseguir el derecho a decidir su propio destino y hacerse con el respeto de las dem�s naciones no ha terminado; si bien la reciente desaparici�n de la Uni�n Sovi�tica cre� condiciones m�s favorables para la causa nacional polaca.

Si nos detenemos a analizar este recorrido hist�rico, de luchas por la supervi-vencia nacional, nacer� en nosotros un modo diferente de pensar el Occidente y el Oriente, su diferencia y su unidad, su significado y su des-tino.

All� se da un modo diferente de considerar la historia del mundo, que nace de la espec�fica experiencia de la naci�n y de la cultura polaca y que se encuentra ins-crito profundamente, incluso en el �nimo y en el pensamiento de Karol Wojtyla. En su caso, no se trata de un simple estado de �nimo, sino, m�s bien, de un juicio, que a veces llega incluso a expresarse clara-mente, pero que en todos los casos acompa�a, como una premisa impl�cita, el tratamiento de las m�s diversas cuestio-nes filos�ficas.

Una aproximaci�n particular a este modo de ver al hombre, lo encon-tramos en las consideraciones que nuestro autor ha hecho m�s de una vez en sus viajes a Polonia.

Cuando, en 1978, Wojtyla fue designado a desempe�ar la labor pastoral como Obispo de Roma, Polonia se convierte entonces en una tierra de tes-timonio particu-larmente responsable. En los viajes hechos, marca la tra-yectoria hist�rica de Varsovia y de Polonia:

Pasando por las calles de Varsovia, tan querida para el coraz�n de cada uno de los polacos, no pod�a resistir la emoci�n, pensando en el grande, pero tam-bi�n doloroso re-corrido hist�rico que esta ciudad ha realizado para servicio y, al mismo tiempo para la his-toria de nuestra naci�n. Particulares eslabones de este recorrido son el palacio del Belvedere y, sobre todo, el castillo real que est� en recons-trucci�n. �l es particu-larmente elocuente. En �l hablan los siglos de la his-toria de la patria, desde cuando la capital del Estado fue trasladada de Cracovia a Varsovia. Siglos espe-cialmente dif�ciles y particularmente responsables.

Es consciente de las dificultades por las que atraves� la naci�n para constituirse como tal:

Nosotros polacos sentimos de modo particular-mente profundo el hecho de que la raz�n de ser del Estado es la soberan�a de la sociedad, de la naci�n, de la patria. Lo he-mos aprendido a lo largo de todo el arco de nuestra historia y especialmente a trav�s de las duras pruebas hist�ricas de los �ltimos siglos. No po-demos olvidar jam�s esa terrible lecci�n hist�rica que fue la p�rdida de la independencia de Polonia desde fines del siglo XVIII hasta principios del siglo actual. Esta dolorosa y en su esencia, negativa experiencia se ha convertido como en una nueva fragua del patrio-tismo polaco. La palabra "patria" tiene para nosotros un signifi-cado tal, conceptual y a la vez afectivo, que las otras nacio-nes de Europa y del mundo no parecen conocerlo, especial-mente las que no han experimen-tado -como nuestra naci�n- da�os hist�ricos, injusti-cias y amenazas. Y por esto la �ltima guerra mundial y la ocupaci�n que vivi� Polonia, fueron para nuestra generaci�n una sacudida tan grande...

En la homil�a de la Plaza de la Victoria, Juan Pablo II esboza los rasgos esen-cia-les "para la comprensi�n de esa realidad fundamental que es el hom-bre..."

Las afirmaciones dichas en la Plaza de la Victoria en Varsovia se refie-ren, de hecho, a todo hombre y a todo pueblo de la tierra; son afirmaciones cat�licas y, por consiguiente, universales. �Qu� hay en esa manera de con-cebir al hombre, que con-dense y proponga, de particularmente polaco? �C�mo es que esta concepci�n se aplica tambi�n a todo hombre? La clave para contestar a estas preguntas se halla tambi�n en el discurso de la Plaza de la Victoria:

La historia de la naci�n merece ser conveniente-mente apreciada seg�n la contribuci�n que aporta al desarrollo del hombre y de la humanidad, a la inteli-gencia, al coraz�n y a la conciencia. He aqu� la m�s profunda corriente de cultura. Y es su m�s s�lido sos-t�n. Su m�dula y su fuerza. No es posi-ble, sin Cristo, comprender y valorar la aportaci�n de la na-ci�n po-laca al desarrollo del hombre y de su humanidad en el pasado, e incluso su aportaci�n en nuestros d�as.

Con esta afirmaci�n del Papa, llegamos al fondo de la cuesti�n. Para captar todo su alcance, tomemos como t�rmino de referencia la Filosof�a de la historia de Hegel. Dicho libro representa el nivel m�s alto y cohe-rente de la comprensi�n de la historia de Occidente por la cultura laica moderna. En �l se apoya, de alguna manera, asimismo la visi�n marxista de la historia contempor�nea. En esta obra, encontramos pocas alusiones a Polonia y a su historia. Para Hegel, los pueblos esla-vos permanecen fuera de la historia, con la �nica excepci�n de Rusia, que se apare-jaba (seg�n es-crib�a en la primera mitad del siglo XIX) a entrar en el teatro de la historia de la civilizaci�n europea:

...hay en Europa, todav�a, un tercer elemento, el eslavo, que se mantiene en una pureza primitiva. Este elemento existe en la forma del imperio ruso, que s�lo hace unos cien a�os ha empezado a asimilarse la cul-tura europea, pero no ha intervenido a�n hist�rica-mente en el proceso de la misma. En cambio, ha en-trado ya en el sistema europeo, desde el punto de vista de la pol�tica exterior; y lo ha hecho con el poder ma-cizo que caracteriza a lo s�lido; en �poca reciente, ha llegado a consolidar y afirmar el v�nculo de la existen-cia de los reinos europeos, aunque �l en s� es propia-mente s�lo pasivo.

Hirscberger comenta el pensamiento hegeliano y lo cita textualmente de este modo:

La historia universal comienza en oriente, pero s�lo en occidente sale el sol de la autoconciencia. En oriente, uno s�lo sabe que es libre; en el mundo greco-rromano lo son po-cos; en el germ�nico, todos lo son...El pueblo dominador es siempre el portador del derecho y los otros quedan sin dere-cho frente a �l...

El juicio de Hegel no nace de una hostilidad preconcebida hacia Polonia o hacia los pueblos eslavos, sino, antes bien, es una consecuencia l�gica de su modo de con-siderar la historia. Es un modo de considerar la historia del hombre haciendo abs-tracci�n de su aspecto trascendente, que no llega a reconocer ni a comprender la posici�n central tratada por Wojtyla en la visi�n de la persona y su entorno. Pero, cometer�amos una injusticia con Hegel, si dij�ramos que quiere excluir a Cristo de la historia del hombre. Por el contrario, el cristianismo marca, para el gran dia-l�ctico de Stuttgart, un giro en la historia de la humanidad y concibe su propia filo-sof�a como un desarrollo hist�rico del dogma cristiano. No obstante, Hegel intenta po-ner en armon�a el principio cristiano de la verdad del hombre, con un principio diferente, siempre presente en la historia del hombre; pero, que, en el curso de los �ltimos siglos, emerge con un vigor del todo particular: el principio de la fuerza y el principio del poder: "La historia es la explici-taci�n del tiempo. Aqu�, la raz�n deja que los intereses y las pasiones de los hombres y de los pueblos act�en por s� mismos. La astucia de la raz�n consiste en servirse de estos mismos intereses y pa-siones para llegar a sus fines, aun contra la voluntad de los individuos...Fin de toda la evoluci�n es la libertad general."

Sin embargo, nosotros no negamos la existencia de este principio, pero trata-mos de subordinarlo de acuerdo a los principios esenciales de la verdad. San Agust�n, en la Civitas Dei, opone sin matices la Ciudad de Dios a la Ciudad del mundo (civitas terrena), sin indicar posibilidad alguna de con-ciliaci�n y mediaci�n: "Dos amores construyeron dos grandes ciuda-des..." En todo caso, y esta es la tesis agustiniana, en cualquier forma que transcurran, a lo largo de la historia, las varias incidencias y escaramu-zas entre las dos ciudades opuestas, la luz y las sombras, en definitiva, la societas terrena cesar� y saldr� vencedora la civitas Dei. En el De Trinitate, por el contrario, el Ser�fico distingue la scientia, que es la capa-cidad de conocer la verdad sobre el mundo, de la sapientia, que es la capa-cidad de conocer la verdad sobre el hombre, aquella verdad que indica el fin al cual debe estar subordi-nada la manipulaci�n de las cosas del mundo. Entre la scientia y la sapientia no existe contradicci�n de principio; aunque puede existir una contradicci�n de hecho, en la medida en que la scientia se rebele contra la sapientia y le niegue sus prerro-gativas. Cuando esto ocurre, el hombre no domina ya la naturaleza para mejor realizar la ver-dad de la propia persona, sino que su dominio se convierte en un fin en s� mismo, un principio unificador de todas las relaciones naturales y sociales. Para utilizar el lenguaje de una filosof�a m�s reciente, podr�amos decir que lo que entonces prevalece y se impone es la "raz�n instrumental."

En esta misma l�nea indicada por el De Trinitate se situar� despu�s Santo Tom�s de Aquino, acentuando, posteriormente, la posibilidad de una conciliaci�n, en un orden jer�rquico y arm�nico, entre la scientia y la sa-pientia.

Tambi�n Hegel quiere conciliar entre s� el principio de la verdad y el principio de la fuerza. Pero en lugar de subordinar la fuerza a la verdad, como hi-cieron, entre otros, Santo Tom�s de Aquino y San Agust�n de Hipona, ve, a la manera de Spinoza, que la verdad y la fuerza siguen v�as paralelas. Por consiguiente, los pueblos que triunfan en las luchas de la historia son tambi�n, necesariamente, los portadores de los principios espirituales m�s elevados. La verdad separada de la fuerza no encuentra ya, en el sistema hegeliano, ning�n punto de apoyo ni posibili-dad de defensa. Al radicalizar esta perspectiva, Marx leer� despu�s la historia como historia de los modos de producci�n, es decir, formas cada vez m�s eficaces por las cuales se realiza el dominio del hombre sobre la naturaleza y sobre los otros hom-bres. Tambi�n Hitler leer� la historia de otro modo, radicalizando un na-ciona-lismo con implicaciones racistas. Ideolog�a plasmada en Mein Kampt (Mi lucha), -Biblia nazi- que para 1940 hab�an vendido, en Alemania, 6 millones. Mein Kampt muestra, que "la naturaleza no ha reservado este suelo [Alemania] para la futura posici�n de ninguna naci�n o raza particu-lares; al contrario, este suelo existe para el pueblo que posea la fuerza para apoderarse de �l." (cf. William Shirer. Auge y ca�da del tercer reich.)

�Es posible leer la historia de los hombres y de las naciones como his-toria de la fuerza? Wojtyla dir� que no es posible. Y, sin embargo, pregun-t�monos, por ejemplo: �Es posible comprender y valorar, sin Cristo, la aportaci�n de la naci�n alemana (o americana, o francesa, o rusa...) al desarrollo de la huma-nidad? De pronto, a una primera mirada superficial, semejante investigaci�n no parece imposible, sin embargo, nos dir� el Papa Pablo VI en la Evangeli Nuncianti: "los sistemas m�s idealiza-dos se convierten pronto en inhumanos si las inclinaciones inhumanas del hombre no son saneadas..."; la verdad es que cuando las estructuras despe-jan a Cristo de sus horizontes, pronto estas estructuras "humanas" termina-r�n volvi�ndose inhumanas, contra el mismo hombre.

Teniendo en cuenta esto, pensamos, que estas naciones participan de alg�n modo de la fuerza y de la verdad. �Qu� es, por ejemplo, el nazismo sino una lec-tura de la significaci�n de la historia de Alemania y de su mi-si�n en el mundo desde el simple punto de vista del poder y de la fuerza? La misma observaci�n podr�a ser hecha a prop�sito de otras y, a veces m�s sutil y solapadas formas de totalitarismo que subsisten en nuestro tiempo.

El mismo intento, sin embargo, no puede ser hecho por lo que respecta a la historia de la naci�n polaca, en la cual nos encontramos con una gran cultura espiritual casi totalmente separada del elemento de la fuerza material. Como lo mencionamos anteriormente (Infra p�g. 6) la naci�n polaca fue cercada por vecinos m�s numerosos, m�s organizados y m�s po-derosos (suecos, alemanes, austr�acos y rusos). Sufri� duramente y fue privada por largo tiempo de la independencia y de la unidad nacional; fue repartida tres veces por la intervenci�n conjunta de Prusia, Rusia y Austria en 1772, 1793 y 1795 desapareciendo como naci�n, hecho confir-mado en el Congreso de Viena (1815). A los ojos de un polaco la visi�n hegeliana de la historia muestra, pues, de forma maquinal e inmediata, su l�mite: la verdad y la fuerza no caminan del todo necesariamente juntas.

En los anales de la historia pol�tico-militar de Polonia se describe una historia de h�roes derrotados; una historia de rebeliones alimentadas, m�s por el deseo de testimoniar el derecho propio, que por alguna posibilidad real y concreta de victo-ria. La �ltima de ellas es la insurrecci�n de Varsovia de 1944, que Juan Pablo II coment� -perdone el lector por la reiteraci�n y extensi�n de este discurso, creemos que queda justificado por su importancia:

Es imposible comprender sin Cristo esta naci�n de pa-sado tan espl�ndido y a la vez tan terriblemente di-f�cil. No es posible comprender esta ciudad, Varsovia, capital de Polonia, que en 1944 se decidi� a librar una batalla desigual contra el agresor, una batalla en la que se vio abandonada por todas las potencias aliadas...Es imposible comprender la historia de Polonia desde Estanislao, en Skalka, hasta Maximiliano Kolbe en Oswiecim, si no se les aplica tambi�n a ellos, ese �nico y fundamental criterio que lleva el nombre de Jesucristo.

Id�ntica es la significaci�n del santuario de Jasna G�ra, el s�mbolo de la identi-dad nacional polaca. En esa �poca, �poca de las grandes invasiones suecas, que en la memoria del pueblo han quedado bajo el nombre de "diluvio sueco", cuando el rey, los nobles y el ej�rcito hab�an sido batidos y dispersados, los monjes de Jasna G�ra decidieron no someterse a las inti-midaciones de los invasores, y les hicieron frente. El ej�rcito sueco (en aquella �poca, el mejor de Europa) no consigui� vencer la re-sistencia de los pocos monjes que defend�an un viejo monasterio. En torno a �l, se orga-niz� la resistencia de todo el pueblo y los suecos fueron obligados a reti-rarse.

Mil veces derrotada en el terreno de la fuerza, la naci�n renace cada vez, gra-cias a la conciencia espiritual de su propia identidad y derecho, animada por la fe cristiana. La consideraci�n de la homil�a de la Plaza de la Victoria, cobra impor-tancia en nuestra exposici�n, al constatar la cohe-rencia entre -como dec�a el histo-riador Pierre Villar- "la materia de un co-nocimiento y el conocimiento de una materia"; el sujeto, en este caso Wojtyla, conocedor de su pasado, expresa en una f�r-mula sint�tica, en qu� consiste esa peculiar visi�n del objeto de conocimiento, la historia del hom-bre polaco: se trata de la certeza cultural y existencial de que Cristo es la piedra angular para comprender al hombre y a su historia.

Haciendo un balance comparativo con los pa�ses occidentales, en la ma-yor�a, por desdicha, esa certeza se ha perdido o se ha debilitado. Deslumbrados por las posibilidades de dominio, que les ofrec�a la revolu-ci�n industrial, transitaron hacia el modernismo, emparejando su dignidad con la de su fuerza, intentando construir sobre esta base, su participaci�n en la historia del mundo. Han edificado grandes Estados nacionales, que pronto han intentado extender a expensas de sus vecinos, y se han dividido entre ellos, los pueblos indefensos de todas las regiones de la tierra. Esos Estados se han opuesto a la Iglesia, que negaba la reorganizaci�n de la vida nacional en funci�n del dominio. Tomemos como ejemplo el caso de Italia. En 1848, los trastornos revolucionarios por toda la Europa Central fueron a un tiempo entre liberales y nacionalistas. Desde entonces, el liberalismo decay� en Alemania, y creci� el nacionalismo hacia el 1871, en Italia y Alemania.

Hayes Calton, en su Historia pol�tica y cultural de la Europa moderna, men-ciona que en Italia, el principal representante del nacionalismo fue Jos� Mazzini (1805-1872), natural de G�nova, quien elabor� un concepto de naci�n como unidad cultural y espiritual. Para el a�o de 1831, proyect� una organizaci�n nueva no se-creta -la "Joven Italia,"- que, constituida por intelectuales menores de cuarenta a�os de edad, deb�an llevar a cabo una campa�a incesante entre todas las clases de italia-nos, para inculcarles el de-ber de liberar a su pa�s, y unificarlo bajo una "rep�blica romana" popular. Se alistaron en la "Joven Italia" de Mazzini, por lo menos 50,000 j�venes. Sin embargo, este Estado unitario nace a consecuencia de luchas que opo-nen entre s�, la conciencia religiosa y la conciencia nacional; mientras que, por otra parte, el nuevo Estado se alejaba asimismo del concepto mazzi-niano de naci�n, para concebirse, m�s bien, como simple expresi�n del po-der temporal. Los mazzi-nianos, batidos en el terreno de la pol�tica, por los pragm�ticos del "partido pia-mont�s," no pueden siquiera retirarse, y buscar la revancha en el terreno de la cul-tura del pueblo, porque su anticatoli-cismo les imped�a apoyarse en las masas popu-lares de aquel entonces. El nuevo Estado, por otra parte, naci� en oposici�n, tanto a la conciencia na-cional como a la conciencia religiosa. El nuevo Estado italiano habr�a querido inspirarse en el ejemplo de Bismarck, en Alemania, pero no ten�a los medios para ser un verdadero Estado de poder y fuerza.

Muy diferente fue el desarrollo de los acontecimientos en Polonia. All�, la lu-cha por la construcci�n del Estado nacional termin� en una de-rrota. Las dos gran-des rebeliones -de 1831 y 1863- no lograron impo-nerse, y fueron sofocadas me-diante la sangre. Derrotados en el terreno de la pol�tica, los revolucionarios pola-cos pudieron, sin embargo, retirarse al campo de la cultura, y rescatarse all�; y como jam�s hab�an roto sus con-vicciones religiosas, vieron en el desarrollo de la conciencia cristiana del pueblo, el fundamentum m�s s�lido de la idea nacional y de una idea na-cional que hermanase a todos los pueblos de la tierra. Mientras que, en Italia, la constituci�n del Estado detiene el proceso de formaci�n de la identidad espiritual de la naci�n; en Polonia, �sta se constituye fuera del Estado, e incluso, en abierta confrontaci�n con los Estados existentes; opo-niendo, en toda su extensi�n, la fuerza del derecho del individuo y de la naci�n, que tiene en Dios su defensa y su ra�z, al derecho de la fuerza, ejercido por las potencias del mundo. La historia ha preservado a Polonia de la influencia de este inmanentismo �tico, que, por el contrario, ha marcado al resto del continente. Por esta raz�n, la cristiandad polaca no ha conocido ese dualismo que, por contra, caracteriza la mentalidad de la era modernista, de los pueblos deslumbrados por la industrializaci�n. Para �stos, la justa exigencia de que la jerarqu�a respete la autonom�a de la es-fera temporal se transform�, a la postre, en la pretensi�n de indicar al cristianismo, en su actividad c�vica, un punto de referencia supremo dis-tinto de Jesucristo, y un criterio diferente de interpretaci�n de la pasada y presente historia de la naci�n. La oposici�n que all� se realiz�, y que des-pu�s nunca ha sido curada realmente, entre la idea nacional y la idea reli-giosa, se ha prolongado en una divisi�n general de la existencia, entre esfe-ras no comunicadas entre s�; que abarcan, una de ellas, la actividad terrena y social del hombre y, otra, su encaminamiento hacia la vida eterna. Lo que aqu� est� en cuesti�n, lo decimos para evitar cualquier equ�voco, no es la necesidad de articu-lar con precisi�n la separaci�n entre lo que es sacro y lo que es profano sino m�s bien, una actitud espiritual que precede a toda conciencia te�rica, y que tiende a romper la unidad de la persona humana, que, aunque reparte su acti-vidad en �mbitos diversos, cada uno de los cuales es regido por su propia ley; est�, en s�, indisolublemente unida; como unitaria es, tambi�n, la estructura fundamental de la expe-riencia humana como tal.

La confianza espont�nea en esta unidad -como dec�amos anteriormente- ha de-saparecido en Occidente por razones hist�ricas, sin embargo se ha conservado en Polonia; unidad ligada a la afirmaci�n de la verdad sobre la fuerza, que tradujeron personas excepcionales que con su vida y ense�anza tejen la historia polaca de sin-gu-lar hero�smo: desde Estanislao hasta Maximiliano Kolbe.

EL CAMPO DE CONCENTRACI�N DE AUSCHWITZ Y EL CASO DE SAN MAXIMILIANO MAR�A KOLBE
Por Elvin Marcos Ala�n
(fragmento de la tesis

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